Baile de máscaras

Crítica de The party 

 

Un elegante apartamento londinense que cada vez se hace más estrecho, siete amigos que poco a poco diluyen su presunta inocencia, una atmósfera que se tensa a lo largo del guión, una fiesta que se desmorona en favor del caos, y mucho jazz.
Este va a ser el marco del último trabajo de la cineasta británica Sally Potter, que regresa al cine con The party (2017) después de algunos años de silencio.

En The party, Potter se aleja de algunas convenciones del cine contemporáneo. Lejos de de Orlando (1992) o Ginger & Rosa (2012), esta es una cinta en blanco y negro e inusualmente breve (Tan sólo 71 minutos) que se desarrolla en apenas 5 escenarios.

PARTY

Jane (Kristin Scott Thomas) organiza una velada para comunicar a su entorno más cercano que ha sido elegida ministra de Sanidad del Gobierno británico. Contra todo pronóstico, su marido Bill, que siempre la había apoyado en su carrera política, permanece impávido e inexpresivo sentado en la butaca del salón. El comportamiento anómalo de Bill es sólo un vaticinio de lo que va a acontecer, pues los invitados llegarán paulatinamente y traerán consigo sus propias taras y problemas personales. El éxito de Janet se verá mitigado y finalmente arrojado a un segundo plano a consecuencia de los secretos que se irán revelando a lo largo de la película.

Durante la fiesta, todos los personajes se despojan de su presunta inocencia en una suerte de baile de máscaras donde Potter no deja títere con cabeza. A través de la voz de los protagonistas, la directora arremete contra todo el sistema global. Desde el capitalismo, el feminismo, la religión, el sistema sanitario, el Brexit, hasta inclusive la maternidad, Sally Potter retrata bastante bien la sociedad de la posverdad, y la deriva de la socialdemocracia británica en esta tragicomedia del siglo XXI.

La parodia reside en que, precisamente sus protagonistas (que aparentemente pertenecen a una izquierda indefinida) gozan de los privilegios del elevado entramado social al que pertenecen, y por tanto, cada tema que abordan irradia hipocresía. Potter dibuja el perfil de siete posibles antihéroes de la actualidad, la mayoría de ellos convertidos en auténticos narcisistas, cuyo rasgo común es la mentira.

Los personajes recuerdan en parte, a los contemporáneos pseudointelectuales que el Isaac de Woody Allen en Manhattan tanto detesta, y que perfectamente pueden trasladarse a la actualidad de la posverdad.

La directora muestra cómo lo personal es indivisible de lo político, así como algunas de las contradicciones del feminismo (Expresadas especialmente en la pareja homosexual, interpretada por Emily Mortimer y Cherry Jones), sin embargo a veces parece que todo está planteado a medias y que nada termina de zanjarse. Aunque queda clara la crítica contra el establishment político, se centra más en las cuestiones amorosas de los protagonistas.

Lo mejor de la película son, sin duda, todas las interpretaciones en su conjunto. Timothy Spall, Cillian Murphy y Bruno Ganz conforman la tríada perfecta, interpretando de forma soberbia, no escatiman en ridiculizar sus roles y llevarlos al límite.

Lo que comienza como una fiesta (Potter arroja ironías desde la cabecera) termina convirtiéndose en un drama de apariencias, mentiras y celos. Una caricatura de la sociedad llevada a lo absurdo.

 

 

Ariana Buenafuente

 

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