Escribir la propia historia

 

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                      Dos mujeres (Sage Femme, 2017). Martin Provost. Francia.

Martin Provost ha construido su carrera de realizador con seis largometrajes: un par de notables y poco frecuentes biopics sobre mujeres artistas y autodidactas (Séraphine y Violette), tres adaptaciones entre las que sobresale la excelente Où va la nuity la última entrega, Sage Femme. La película ha juntado por primera vez a dos grandes damas del cine galo: Catherine Deneuve y Catherine Frot. En esta ocasión el protagonismo vuelve a recaer en personajes femeninos pero existe una novedad: se trata de un guion original. Había llegado el momento de escribir una historia propia. Según declaraciones del director, era un reto que había que superar y como ocurre en muchas ocasiones, el autor encontró la inspiración buscando en su existencia.

Sage femme significa matrona. Provost le debe la vida a la mujer que atendió a su madre en el parto y a ella le dedica la película. La comadrona tenía el mismo grupo sanguíneo que el director y una transfusión lo salvó de una muerte segura. Sin embargo, no se trata de una historia de profesionales sanitarios  ni de un drama en hospitales. La protagonista podría haber sido costurera, abogada o dependienta de una zapatería. A pesar de ello, el autor se tomó tan en serio el asunto de los alumbramientos que Catherine Frot dedicó meses a aprender la esencia de la profesión y el espectador tiene la ocasión de verla asistiendo media docena de nacimientos filmados con un realismo propio de un documental. Lamentablemente se trata de acontecimientos aislados que no forman parte de la trama y cabe preguntase si era necesario repetirlos en tantas ocasiones.

Claire, una de las protagonistas, cuando termina su trabajo en un pequeño hospital de París, conduce su bicicleta hasta un huerto donde disfruta de la naturaleza y lidia como puede con la soledad. Existe un inquietante subgénero en el cine francés que retrata a amigos charlando en barbacoas, jefes que entablan amistades bellísimas con sus empleados o dueños de mansiones aprendiendo de la vida gracias a sus jardineros. Se trata de cintas en las que casi siempre aparece alguien en bicicleta con un cesto de flores a ritmo de una música muy bonita pero mil veces escuchada. Hay algo de esto en esta película pero afortunadamente un personaje acude al rescate.

Se trata de Béatrice, la antigua amante del padre de Claire, interpretada por una magistral Catherine Deneuve que irrumpe en la vida de la matrona más de treinta años después. En el primer encuentro entre ambas mujeres Béatrice conocerá el trágico destino del hombre que había amado y abandonado tiempo atrás. La expresión de Madame Deneuve al escucharlo es una extraordinaria muestra de maestría en la interpretación. No tiene que pronunciar una palabra, su expresión evoca la tristeza y nostalgia de toda una vida. Una secuencia tan bella y breve puede justificar una película. El gran cine se ha edificado sobre cientos de filmes y muchos de ellos provienen de material ajeno. Directores como Renoir, Ford o Hitchcock firmaron un buen número de obras que figuran en la cumbre del cine recurriendo a relatos de otros escritores. La autoría puede defenderse perfectamente detrás de la cámara sin necesidad de ser el dueño de la historia. Séraphine y Violette son una prueba de ello.

Andrés Ross

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